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San José · Primer caballero de la Inmaculada

«Procuremos dejar entrar a la Inmaculada en el alma, como lo hizo San José en Belén. Roguemos a San José que podamos consagrarnos, dedicarnos a Ella, estar dispuestos a sacrificarnos y a trabajar por la Inmaculada, como él. Oremos para que sepamos vivir para Ella como San José».

San Maximiliano Kolbe

San Maximiliano Kolbe tenía una especial devoción a San José. Uno de sus frailes hermanos decía: «el P. Maximiliano amaba a San José, como esposo de la Inmaculada»; otro recordaba: «Nuestro amado padre nos exhortaba fervientemente a la oración incesante a San José». 

San Maximiliano Kolbe veía en San José el modelo del caballero de la Inmaculada, totalmente dedicado a custodiar a Jesús y a Ella, su hermosa amada.

quien busca


«Quien busca el buen grano
Lo encuentra en la espiga
Quien quiere oro fino
Lo busca en la mina

Quien busca a JESÚS
Lo encuentra en MARÍA»

Madre, que eres Madre de la Vida

Dibujo de Tina Walls


Madre, que eres Madre de la Vida

por favor, protege a los + pequeños e inocentes 

y su voz 

y su hermosura

y a sus madres —algunas tan tan heridas—

y a sus padres —tan necesitados—

 

A ti, Madre de la Vida, te rogamos,

porque eres Nuestra Madre

y fuimos y seremos y somos pequeños tuyos,

porque lloramos contigo en este silencio vivo

 

Madre,

 por favor,

 

Madre

Oh, mi pequeño niño

Presentación de la Virgen María en el Templo, Tiziano.

«Te ruego por los cielos, por los frutos de la tierra y por todos los que en ella habitan. Reconcilia al mundo entero, pues tú naciste de mí, oh mi pequeño niño, Dios antes de los siglos.

No soy solo tu madre, salvador misericordioso; no es en vano que amamanto al dador de leche, sino que te ruego por todos los hombres. Me has hecho la voz y el honor de toda mi raza; la tierra que has hecho tiene en mí una protección segura, un baluarte y un apoyo. Hacia mí dirigen su mirada aquellos a quienes expulsaste del paraíso de las delicias, porque yo los conduzco allí; que el universo tome conciencia de que tú naciste de mí, oh mi pequeño niño, Dios antes de los siglos».

San Romano, el Meloda, Himno de la Natividad

cómo y para quién vivimos

«En María de Nazaret está nuestra historia, la historia de la Iglesia inmersa en la humanidad común. Encarnándose en ella, el Dios de la vida, el Dios de la libertad ha vencido a la muerte. Sí, hoy contemplamos cómo Dios vence a la muerte, pero no sin nosotros. Suyo es el reino, pero nuestro es el “sí” a su amor que todo puede cambiar. En la cruz, Jesús pronunció libremente el “sí” que debía vaciar de poder a la muerte, esa muerte que aún se difunde cuando nuestras manos crucifican y nuestros corazones son prisioneros del miedo, de la desconfianza. En la cruz, venció la confianza; venció el amor, que es capaz de ver aquello que aún no llega; venció el perdón.

Y María estaba; estaba allí, unida al Hijo. Hoy podemos intuir que María somos nosotros cuando no huimos, somos nosotros cuando respondemos con nuestro “sí” a su “sí”. En los mártires de nuestro tiempo, en los testigos de la fe y de la justicia, de la mansedumbre y de la paz, ese “sí” sigue viviendo y sigue enfrentando a la muerte. De ese modo, este día de alegría es un día que nos compromete a decidir cómo y para quién vivimos».

Papa León XIV

https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/homilies/2025/documents/20250815-omelia-castelgandolfo.html

necesita almas íntimamente unidas a Él


«El último fundamento sigue siendo, sin embargo, la vida interior; la formación del hombre va desde dentro hacia fuera. Cuanto más profundamente esté el alma unida a Dios, y cuanto más desinteresadamente se haya entregado a su gracia, tanto más fuerte será su influencia en la configuración de la Iglesia. Y viceversa, cuanto más profundamente esté sumergida una época en la noche del pecado y en a lejanía de Dios, tanto más necesita de almas que estén íntimamente unidas a Él. Pero aún en esas situaciones Dios no nos abandona. Desde la noche más oscura surgen las grandes figuras de los profetas y los santos, aun cuando, en gran parte, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. No cabe ninguna duda, sin embargo, de que los giros decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales poco o nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas, a las que hemos de agradecer las transformaciones decisivas de nuestra vida personal, es algo que sólo habremos de experimentar el día en que todo lo oculto sea revelado.

Es posible hablar de una “Iglesia invisible”, porque las almas escondidas no viven aisladas, sino en un contexto viviente y dentro del gran orden del plan divino. Su efectividad y su íntima unión puede que permanezca oculta para ellos mismos y para los otros a lo largo de toda su vida terrenal. Sin embargo, es también posible que algo de ese orden salga a la luz y se haga visible. Ese es el caso de las personas y los acontecimientos que enmarcan el misterio de la Encarnación. María y José, Zacarías e Isabel, los pastores y los Magos, Simeón y Ana, todos ellos habían vivido en la intimidad de Dios y estaban preparados para la tarea especial que les habría de ser encomendada, antes aún de haber experimentado el admirable encuentro con el Señor y antes de poder entender el camino de su vida como un camino hacia ese punto culminante. En todos los himnos que la tradición nos ha legado se expresa su admiración ante las maravillas de Dios.

(…) Hoy vivimos en una época que necesita urgentemente de una renovación desde las fuentes escondidas de las almas íntimamente unidas a Dios. Hay mucha gente que tiene puestas sus últimas esperanzas en esas fuentes de la salvación. Esta es una amonestación muy seria: de cada una de nosotras se exige una entrega total al Señor que nos ha llamado, para que pueda ser renovada la faz de la tierra. En total confianza debemos abandonar nuestra alma a las inspiraciones del Espíritu Santo. No es necesario que experimentemos la “epifanía” de nuestra vida, sino que hemos de vivir en la certeza de fe de que, lo que el Espíritu de Dios obra escondidamente en nosotros, produce sus frutos en el reino celestial. Nosotros los veremos en la eternidad. 

De esa manera queremos presentar al Señor nuestras ofrendas y las depositamos en las manos de su Madre (…) Nada puede significar para su corazón una alegría más grande que la entrega cada vez más profunda de nuestro corazón al corazón de Dios». 

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein)

alzar a ti nuestros ojos

«Muchos son en la tierra los pequeños
y ellos pueden alzar, sin miedo, a ti sus ojos (...)
Oh Madre Incomparable»

Santa Teresita del niño Jesús y la Santa Faz

todo sucede «de la mano de nuestra Madre. No hay otra forma»

 

«Con heridas, con miedos y sin Dios, 
no se puede avanzar ni ser libre» 
Raúl Eguía Recuero, escritor | Mater Mundi TV

pequeño

«Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre;

como un niño saciado
así está mi alma dentro de mí.

Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre»

Salmo 131 (130)

tu Sonrisa, Madre


«De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que yo nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la "encantadora sonrisa de la Santísima Virgen". En aquel momento, todas mis penas se disiparon. Dos gruesas lágrimas brotaron de mis párpados y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas, pero eran lágrimas de alegría sin mezcla de ninguna clase... ¡La Santísima Virgen, pensé, me ha sonreído! ¡Qué feliz soy...! Sí, pero no se lo diré nunca a nadie, porque entonces desaparecería mi felicidad. Bajé los ojos sin esfuerzo y vi a María, que me miraba con amor. Se la veía emocionada, y parecía sospechar la merced que la Santísima Virgen me había concedido... Precisamente a ella, a sus súplicas conmovedoras, debía yo la gracia de la sonrisa de la Reina de los cielos. Al ver mi mirada fija en la Santísima Virgen, pensó: "¡Teresa está curada!"»

Santa Teresita del Niño Jesús y la Santa Faz

Sí

«Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá»

Lucas 1, 45

una nube pequeña, María, llega la lluvia

 

«Aparece una nubecilla como la palma de una mano 
que sube del mar»

1 Reyes 18, 44

sonrisa de Madre

«De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que yo nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la "encantadora sonrisa de la Santísima Virgen". En aquel momento, todas mis penas se disiparon. Dos gruesas lágrimas brotaron de mis párpados y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas, pero eran lágrimas de pura alegría... ¡La Santísima Virgen, pensé, me ha sonreído! ¡Qué feliz soy...!»

Santa Teresita del niño Jesús y la santa Faz

adora

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros.

¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?


«¿No estoy aquí, yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?»

Nican Mopohua

como María

«Has de cumplir la Palabra de Dios, porque son dichosos los que la cumplen. Es como si la Palabra de Dios tuviera que pasar a las entrañas de tu alma, a tus afectos y a tu conducta»

San Bernardo